Érase una vez un número

La ley de Murphy y la sensación de que nos tratan mal

Otro ejemplo de conexión entre personalización de sucesos y paranoia débil es la ley de Murphy. Formulada inicialmente por el ingeniero Edward Murphy, afirma que, por lo general, cualquier cosa que pueda salir mal saldrá mal. A pesar del aspecto humorístico de esta caracterización, hay cierta profundidad en el fenómeno que describe. En muchas situaciones, que las cosas no salgan bien no se debe a la mala suerte de las personas, sino a la complejidad e interdependencia de muchos sistemas.

Hay un ejemplo doméstico y no intuitivo de la ley de Murphy que procede de la teoría de la probabilidad y que ha desarrollado recientemente el autor científico Robert Matthews. Imaginemos que tenemos 10 pares de calcetines y que a pesar de nuestros mejores deseos desaparecen seis calcetines. (Resolver el problema de la desaparición de los calcetines y su paradero es otra búsqueda del santo grial.) La pregunta es: ¿qué es más probable, que tengamos suerte y acabemos con siete pares completos (es decir, que los seis calcetines perdidos formen tres pares) o que no tengamos suerte y terminemos con sólo cuatro pares completos (es decir, que los seis calcetines perdidos sean totalmente distintos entre sí)? La sorprendente respuesta es que es más de cien veces más probable que al final nos quedemos con el peor resultado posible, sólo cuatro pares (y seis calcetines sueltos), que con el mejor resultado posible, siete pares (y ningún calcetín desparejado). Para ser más exactos, la probabilidad de los siete pares es de 0,003, la de seis pares de 0,130, la de cinco pares de 0,520 y la de cuatro paes de 0,347.

La solución (cuyos detalles omitiré) procede de la idea de independencia estadística, que es de interés fundamental y merece una digresión. Se dice que dos acontecimientos son independientes cuando la incidencia de uno no hace ni más ni menos probable la incidencia del otro. Si lanzamos una moneda al aire dos veces, cada lanzamiento es independiente del otro. Si elegimos dos personas por la guía telefónica, el mes de nacimiento de una es independiente del de la otra. Calcular la probabilidad de incidencia de dos acontecimientos independientes es muy sencillo: basta con multiplicar las probabilidades respectivas. Así, la probabilidad de obtener dos caras es 1/4: 1/2 X 1/2. La probabilidad de que dos personas elegidas por la guía telefónica hayan nacido en junio es 1/144: 1/12 X 1/12. Este principio multiplicador aplicado a las probabilidades se puede extende a series de acontecimientos (como en los párrafos que hemos dedicado al racismo).* La probabilidad de que un dado saque un 3 en cuatro tiradas seguidas es (1/6)4; de que salga siempre cara tirando la moneda seis veces seguidas, (1/2)6; de que sobrevivamos a tres disparos enla ruleta rusa, (5/6)3.

¡La tendencia de los calcetines a deshacerse de sus parejas es realmente ley de Murphy con ganas! Sin embargo, esto es lo esperable y no hace falta apelar a la mala suerte para explicar los calcetines sueltos. Sé que casi todas las personas que hablan de pequeñas desdichas personales en serie se limitan a adornar una anécdota o a intentar relacionarla con otras, y no creen por necesidad en sus afirmaciones, del mismo modo que muchas personas hablan del coco o del hombre del saco sin creer en él. Sin embargo, solemos sentirnos realmente confusos y pensar que le mundo conspira contra nosotros, y los desenmascaramientos matemáticos contribuyen a deshacer el hechizo.

El engrandecimiento personal es la clave del atractivo que ejercen los espejismos y la paranoia en general. La impresión es consecuencia de la deducción, quizás inconsciente, de que si el mundo anda tras de mí, es que tengo que ser muy importante. A estas personas les cuesta atenerse al hecho muy probable de que casi nadie daría por ellas un par de calcetines.

En un mundo cada vez más complejo e interrelacionado, a veces cuesta relativamente poco derribar un sistema. Un par de calcetines se destruye cuando se pierde uno. Un nutrido conjunto de partes conectadas más o menos en serie (de manera que, si una falla, el sistema también) es más vulnerable aún, y lo mismo le ocurre a nuestro cuerpo. Cuando se producen estos fallos (entre los que yo incluiría, además de los calcetines sueltos, las enfermedades y los accidentes), las historias que nos contamos y nos creemos tienen una importancia real. La ley de Murphy ilustra muy bien un aspecto de esta relación entre las historias, nosotros y la estadística.

Otro ejemplo de la ley de Murphy es la paradoja del tiempo de espera. Supongamos que estamos estancados en una aldea perdida del Sahara y se nos dice que, por término medio, pasan dos autobuses diarios que van a la civilización. Si llegamos a la aldea en un momento aleatorio y si los autobuses pasan cada doce horas, el tiempo medio de espera será de seis horas (menos de una hora si tenemos suerte, más de once horas si no tenemos ninguna, pero también podría ser cuatro horas, ocho, etcétera), lo que, por otra parte, es una buena estimación del tiempo de espera en una situación así.

Pero si la hora de llegada de los autobuses varía, el tiempode espera se prolongará. Supongamos, por ejemplo, que un autobús llega siempre a medianoche y el otro a las dos de la madrugada, y que también cada vez llegamos a la aldea en un momento aleatorio. Si aparecemos en el intervalo de dos horas que hay entre las doce y las dos, que es 1/12 del tiempo, nuestro tiempo medio de espera será de una hora. Si aparecemos en el intervalo de veintidós horas que hay entre las dos de la madrugada y las doce de la noche, que son 11/12 del tiempo, nuestra espera media será de once horas. Puesto todo junto, nos da una espera media de (1/12 X 1 +11/12 X 11), o lo que es igual, 10 1/16 horas.

La derivación no es tan importante como la conclusión: cualquier variación en la llegada de los autobuses redunda en una prolongación del tiempo de espera, aunque la media de autobuses diarios sea siempre la misma.

El fenómeno de las esperas que se alargan aparece por lo general en situaciones que van des de las colas del supermercado hasta los consultorios médicos. Aunque ni la cantidad media de clientes o pacientes que llegan por hora ni el tiempo medio que se dedica a cada uno sean para colapsar la situación, la esperanza de que no se colapse suele depender de la homegeneidad del ritmo de llegada de las personas y de que a todo el mundo se le dedique el mismo tiempo. Si no se dan estas dos condiciones, la culpa del retraso la tiene la variación, no la malevolencia cósmica..

Desde luego, no siempre deberíamos considerar negativas las esperas largas; si estamos esperando a unos invitados realmente detestables, por ejemplo, la prolongación de la espera podría calificarse de positiva. Pero parece que tenemos un don especial para fijarnos en lo negativo. Hacerlo seguramente confiere valor de supervivencia y aquí podría estar la verdadera base de la ley de Murphy y de la sensación, generalmente desencaminada aunque corriente, de que nos tratan mal.

 

Psicología, perspectivas y paranoia

La fragilidad psicológica contribuye igualmete a explicar nuestra tendencia a sentirnos más ofendidos que ofensores. Hay una diferencia notable, por ejemplo, entre el grado de aceptación manifesta que los otros necesitan de nosotros para sentirse apreciados y respetados, y el grado de reprobaciarlos y repetarlos. Las valoraciones positiva y negativano están al mismo nivel.

La sensibilidad y vulnerabilidad de las personas dificultan la censura manifiesta. El cotilleo nos permite expresar ciertas censuras, pero también aquí hay una brecha entre el desdén que solemos atribuir a los que cotillean sobre nosotros y la imparcialidad de que creemos hacer gala cuando cotilleamos sobre otros. Manifestar confianzudamente un pocode burla y menosprecio hacio otros es totalmente coherente con el afecto y respeto que sentimos por ellos. Por desgracia, pocos son los que pueden tolerar la burla y el menosprecio de otros (fuera del círculo familiar) y seguir creyendo que se les aprecia y respeta.